Desde mi primeros días de vida ya estuve rodeado de tecnología, en este caso la ferroviaria. Trenes de todos los tamaños, de juguete, miniaturas a escala H0, de jardín, y a tamaño real. La afición y profesión de mi padre, Alejandro, invadía todos los momentos y espacios, incluso el salón de casa.... Después de dos años, mi madre, Carmen, consiguió que mi padre desmontara la maqueta, la cual sólo ocupaba medio salón... Mi padre era ingeniero sin título, y mi madre emprendedora sin empresa; soy su herencia.
Y no solo estábamos rodeados de trenes, mis hermanos, Juan Pablo y Javier, nos divertíamos con mil y un inventos creados por mi padre en la "casilla" segunda residencia ubicada en el pueblo de Los Rosales, donde nos construía artefactos tan divertidos como un "minicar" que circulaba por vías de ferrocarril abandonadas, una canasta de baloncesto portátil, un circuito de bicicross, y hasta pasos para las Cruces de Mayo. Por algo le llamaban "El sabio de Lora".
Después de un maravilloso campus de verano en El Bosque (Cádiz), los amigos de Los Rosales, montamos una radio. En 1.988, con solo 14 años, Manolín (nuestro líder), Luís, Roberto, Calvo, Benítez, Carri, Pepe, Víctor, Plaza, Gabi, Olga, Isa, y "el Cani", con la ayuda de Manolo y Luis, que trajeron de Francia una emisora de radio, D. Manuel, director del colegio, y Félix, el cura del pueblo, comenzamos las emisiones desde un aula del colegio. Imitábamos a José Antonio Abellán o Toni Peret. Toño Martín, de Los 40 de Sevilla, nos regalaba discos y momentos únicos en la calle Rafael Gozález Abreu. Radio Rosales desarrolló en muchos de nosotros capacidades como la creatividad, la venta, la comunicación, el compromiso, y por supuesto, la amistad. Los niños de la radio seguimos siendo los mejores amigos.
Justo el día después de la clausura de la Expo´92, el 13 de octubre, llegué por primera vez a la Escuela Universitaria Politécnica de Sevilla. Por suerte, allí comencé a estudiar lo que siempre me había gustado, circuitos eléctricos, dispositivos electrónicos, o sistemas mecánicos. Me encontré con el que ahora es mi gran amigo Pedro Pablo; sacamos adelante la carrera con las mismas herramientas, mucho trabajo, mucha motivación, mucha presión, y muy pocos recursos... El `parque de Los Príncipes fue nuestro salón comedor varios años... Allí comencé a pensar en binario, y aprendí dos cosas: a buscarme la vida y a sufrir.
Gracias a Francisco Aguayo, tutor de mi Proyecto Final de Carera, comencé a trabajar como delineante proyectista en CEASA, frente a la Torre del Oro, donde me acogió mi primera familia profesional, Fernando López, Miguel Ángel Ruíz, Gustavo Molina, Antonio Soriano, Fernando Ochoa, David, y Mariví; mis primeros proyectos, mi primeros viajes, los primeros concursos. Al poco tiempo pasamos a ACISA, sumándose otros maestros como Antonio Calderón, Juan Luis Martínez, César Díaz, y muchos entrañables compañeros: Josemi, Acosta, Inma, Sebastián, David, Ana, Eli, Luis, Mercedes, Juan José, Terri, Rafael, Miguel, "El Mago", "El Lagarto", o Pontiveros. Diez años pasando por el departamento de proyectos, licitaciones, desarrollo de negocio, y dirección comercial.
Una vez, Luis Carlos Rodríguez (Serviport) me habló de las cámaras Bosch, las cuales yo desconocía; por aquel momento diseñaba con otras marcas... A los pocos meses estaba entrevistándome Antonio Escamilla, Country Manager de Bosch; "me voy a Bosch", le dije a Miguel Ángel Ruíz, uno de los propietarios de ACISA; "yo haría lo mismo", me respondió. Más de 18 años en una multinacional que me deja "hacer", que potencia mi creatividad, que me proporciona visibilidad en el mercado, y, sobre todo, mucho conocimiento. Y lo mejor de todo, los clientes, todos esos "fieles" con los que tengo la suerte de participar en los proyectos más innovadores de cada territorio, y especialmente en mi tierra, en Andalucía.
Y todo lo anterior no es posible sin mis dos tesoros, María del Mar, mi mujer, y nuestro hijo Hugo. No siempre es fácil conciliar la vida profesional y familiar, y ellos me ayudan a conseguirlo. Llamadas a deshoras, reuniones interminables, propuestas que entregar, clientes que atender, proyectos que terminar..., pero siempre sin perder de vista lo importante, la familia, disfrutar con ellos de esos momentos que no volverán, compartir todo el tiempo posible, las aficiones, los amigos, las pasiones, no dejar nada bueno para mañana. La felicidad no es la meta, es el camino para conseguirla.
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